Crónica · Gastronomía

Dos días de aromas, música y multitudes: así se vivió la Food Fest en La Rural

16 y 17 de mayo · La Rural, Palermo · Buenos Aires

UL
Úrsula Lombardo
Mayo 2026
· Gastronomía Crónica

El sábado 16 de mayo, el cielo sobre La Rural amenazaba con desarmar la fiesta antes de que comenzara. A las doce del mediodía, la Food Fest abrió oficialmente sus puertas, una lluvia breve cayó sobre el predio y sembró una duda silenciosa entre los primeros visitantes. Las gotas golpeaban las lonas de los puestos, el piso comenzaba a oscurecerse y algunos levantaban la vista hacia las nubes con preocupación. El olor a tierra mojada se mezcló, por un instante, con el humo de las parrillas encendidas. Pero la lluvia duró apenas cinco minutos. Después, el cielo se calmó. El aire fresco quedó suspendido sobre la tarde y la feria empezó a crecer como si nada pudiera detenerla.

En cuestión de minutos, el predio se transformó en una marea de personas. Desde la entrada podía verse un movimiento constante entre luces, puestos y música. Había gente por todos lados: familias con niños pequeños, parejas compartiendo vasos gigantes de cerveza, grupos de amigos sacándose fotos frente a los stands, personas mayores recorriendo cada rincón con tranquilidad. También había perros descansando junto a recipientes con agua preparados especialmente para ellos. Nadie parecía apurado. La feria invitaba a quedarse.

"Había algo en el ambiente que empujaba a quedarse un rato más: la mezcla de olores, las luces cálidas, el ruido constante de la feria y esa sensación de estar compartiendo algo extraordinario."

El ambiente era imposible de ignorar. La música sonaba desde distintos puntos del predio y acompañaba el murmullo permanente de miles de conversaciones mezcladas. Entre la multitud se escuchaban distintos idiomas y acentos: castellano con tonadas chilenas, venezolanas y colombianas, inglés hablado por turistas que recorrían el lugar, italiano y portugués entre las filas interminables. Todo sonaba al mismo tiempo: risas, vasos chocando, cocineros llamando pedidos y el chisporroteo de la comida sobre las planchas calientes.

La decoración ayudaba a construir esa sensación de festival permanente. Sobre los caminos colgaban banderines de colores que se movían suavemente con el viento frío de mayo. Las luces cálidas atravesaban el predio y, cuando empezó a caer la tarde, le dieron al festival ese tono de hogar. El humo de las parrillas subía lentamente hacia el cielo mientras la música seguía envolviendo cada rincón.

Nada parecía hecho al azar. Cada puesto estaba organizado de tal manera para que cada uno pudiera trabajar cómodamente y atender largas filas sin generar caos. Los trabajadores se movían con rapidez y coordinación. Personal de seguridad recorría constantemente atento a cualquier situación, mientras fotógrafos se detenían frente a los platos más llamativos buscando capturar la esencia de cada espacio. Todo fluía con naturalidad.

La verdadera protagonista: la comida

La verdadera protagonista, sin embargo, era la comida. Los aromas eran variados y convertían el recorrido en una experiencia sensorial constante: entre el perfume intenso del asado cocinándose lentamente sobre las brasas y el especiado de la comida mexicana que invadía el aire. Había shawarmas girando frente al fuego, hamburguesas rebalsadas de queso derretido, choripanes servidos en panes crujientes y bondiolas desmenuzadas cubiertas de salsa.

La variedad parecía infinita. Había puestos de comida asiática donde las verduras salteadas liberaban aromas sobre los woks calientes, opciones vegetarianas y sin TACC cuidadosamente preparadas, bowls saludables llenos de colores, mariscos servidos en bandejas humeantes y clásicos argentinos como milanesas gigantes y sandwiches de vacío. Cada stand tenía su propia estética, su propia música y su propio ritmo.

Postres, bebidas y el arte de quedarse

Los postres ocupaban otro universo dentro de la feria. El aroma dulce de las galletitas recién horneadas atraía a quienes caminaban sin rumbo. Más adelante, los churros salían calientes y cubiertos de azúcar. También había chocolates artesanales, gomitas de todos los colores y mesas enteras dedicadas a dulces.

Las bebidas acompañaban cada escena. Vasos enormes de cerveza artesanal pasaban de mano en mano, mientras algunos elegían tragos tropicales o piñas coladas decoradas con frutas. Los licuados aportaban frescura en medio del humo y las parrillas encendidas. El aire olía a mezcla constante: carbón, especias, cerveza y platos dulces.

La feria estaba diseñada para quedarse horas. Había mesas largas ocupadas permanentemente, grupos sentados sobre el pasto compartiendo bandejas y personas simplemente observando el movimiento alrededor. Nadie parecía querer irse.

El domingo lo confirmó todo

Con el paso de las horas, la Food Fest se volvió todavía más intensa. La música subió apenas unos tonos, las filas crecieron y el frío de la noche empezó a sentirse sobre las manos. Aun así, la gente seguía llegando.

El domingo 17 repitió la misma escena. Desde temprano, cientos de personas volvieron a llenar el predio con la misma energía del día anterior. La feria ya no era sólo un evento gastronómico: se había convertido en un espacio donde convivían culturas, idiomas, generaciones y costumbres distintas alrededor de una misma experiencia.

"Durante dos días, la Food Fest logró transformar un sector de Buenos Aires, donde miles de desconocidos compartieron mesas, sabores e historias."

Cuando la noche cayó sobre Palermo y las luces comenzaron a reflejarse en el humo de las parrillas, quedó una imagen difícil de olvidar: risas por donde miraras, música de fondo y el aroma de la comida en el aire frío de mayo.

UL
Úrsula Lombardo
Redactora · Modo Feria BA

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